lunes, 20 de agosto de 2018

Los libros de Dyana #1: Calaveras y Tormentas (III)

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

Capítulo III



    —Mi señora, si se me permite el comentario, lucís preciosa.
    Ellierne tragó saliva a modo de respuesta al comentario de su nueva sirvienta. La miró de reojo, con cierta rabia. El servicio no era culpable de que aquella muchacha estuviera muy malhumorada a causa de su inminente enlace, y la noble lo sabía, pero no podía desahogarse con nadie, así que no iba a contenerse para acabar explotando con quien no debía.
    La sirvienta asintió, entendiendo que no era momento de hablar, aunque las palabras le salieron con total sinceridad. Ellierne lucía su futuro vestido de novia, y estaba espectacular. Un precioso vestido gris muy claro, con detalles de plata en la zona del corsé. Las mangas eran largas, y el cuello lo tenía casi cubierto por una tela algo dura que permanecía alzada.
    Su madre le decía que, por mucho que brillara, no iba a ver la luz, y ahora entendía de sobra aquello. Mañana, probablemente sobre esta hora, se produciría el fatídico matrimonio.
Se despojó del vestido lo más rápido que pudo, dándose cuenta al hacerlo de lo incómodo que iba a ser desnudarla, cosa que no sabía si la alegraba o era un dato indiferente. Decidió ponerse sus prendas normales y dar un paseo por los alrededores del castillo.

    Conforme iba avanzando, se daba cuenta de lo triste que era el lugar. Las flores tenían un color oscuro, si es que había, ya que la mayoría de la vegetación que había no era muy variada. Los guardias la saludaban con solemnidad, y los sirvientes se inclinaban ligeramente y se iban corriendo.
Era como si aquel lugar le hubiese sido arrebatada toda la alegría. Ya no era solo su infelicidad la que notaba, sino que era algo que se respiraba en el ambiente.
    Se topó con una fuente, la cual era lo suficientemente grande como para sentarse. Decidió descansar allí un poco, y, de paso, memorizar el lugar.
    Pudo ver, a lo lejos, a un joven que le sonreía. Su aspecto no era de sirviente ni mucho menos, pero tampoco de noble. Llevaba una melena rubia que ondeaba al viento, y una armadura de cuero tachonado. Conforme se iba acercando, los rasgos le iban siendo más familiares a la Lady.
    Fue el hombre que la acompañó a sus aposentos la noche anterior.
    Cuando estaba a un metro de la joven, él se inclinó.
    —Milady, espero que estéis mejor ahora.
    —Muchas gracias por acompañarme. Os despedí tan rápido que ni siquiera os pregunté vuestro nombre.
    La sonrisa de él se ensanchó, cosa que la puso algo nerviosa. No estaba acostumbrada a tratar con mucha gente, y mucho menos de menor rango que ella.
    —Soy Ser Dayrel, mi señora. Uno de los caballeros de su futuro marido, y, quiero pensar, que también amigo.
    Ella le miró la armadura, y luego posó sus ojos en los de él, que brillaban de una forma que la hacían sentir bastante incómoda.
    —Un placer, Ser. La verdad es que anoche... fue todo muy raro. ¿Es que acaso hay bestias en el castillo?
    La carcajada que soltó Ser Dayrel ante la ocurrencia de la muchacha hizo que ésta se sintiera aún peor. Era una pregunta claramente exagerada, pero aun así, tenía cierto fundamento: los ruidos que escuchó no eran ficticios, y o había bestias en el castillo, o un mágico tenía ganas de jugar aquella noche.
    —Mi señora, sois una mujer muy directa y muy ocurrente. Anoche os dio miedo el castillo porque, seamos honestos, es un lugar que deprime a cualquiera. Nunca vas a encontrar a nadie sonriendo en una zona donde si no está lloviendo, están las nubes negras tapando en sol. Que haya vegetación viva es casi un milagro.
    Ellierne asintió, sin poder ocultar que estaba molesta. El caballero miró a un lado, se inclinó, y cogió una de las pocas flores que había ahí.
    —No os preocupéis, mi señora. Yo os protegeré todas las veces que sean necesarias —dice mientras le tiende la flor.
    Ella se quedó mirando unos segundos la flor. Era un gesto muy bonito por su parte. Apenas se conocían, y ya la había protegido del miedo y ahora la intentaba animar. Empezaba a sentirse cómoda con él, y por ello, aceptó la flor.
    —Sois muy amable.
    —Lo intento. Y ahora, descansad. Mañana será vuestro gran día, y vais a ser una novia preciosa y feliz.
    Ellierne asintió, y sintió en su corazón una calidez que hacía tiempo que no sentía. Sí. Mañana podría lograr ser feliz. Ser Dayrel tenía una sonrisa que, es verdad que al principio no le gustaba, pero empezaba a encontrarle, incluso, cierto atractivo.
    El caballero se inclinó para despedirse, no sin antes coger de la mano a la joven y posar un suave beso en ella. Mientras estaba caminando, ella sentía que por su cuerpo recorría un torbellino de emociones nuevas. Su salvador era nada menos que un caballero, como en las historias que había leído de pequeña. Quizás era cierto y los ruidos que había escuchado no eran más que imaginaciones suyas, pero...
    Sacudió la cabeza. ¿En qué estaba pensando? «No, lo que escuché fue real. Estoy segura. ¿Pero qué me pasa?».
    —Por favor, vos también no.
    Ellierne se levantó de un salto al escuchar una voz a sus espaldas. Sus ojos se posaron en una muchacha que podía ser de la misma edad que ella. Sus cabellos, largos y negros, tapaban ligeramente su rostro pálido y redondeado. Era algo bajita y corpulenta, y vestía una camisa y unos pantalones ajustados de buena calidad.
    Pero lo que más podía destacar Ellierne de ella era que, en el cinto, llevaba un estoque.
    —¿Quién sois?
    —Una que acaba de ver cómo os han embaucado de forma triste, lamentable, y terriblemente fácil —negó con la cabeza, chasqueando la lengua—. ¿Ni siquiera lo has sentido?
    La joven noble frunció el ceño, malhumorada. No conocía de nada a esa chica, ni siquiera la había visto o escuchado hasta que habló, cosa que empezaba a ponerle de los nervios. Esta ciudad sólo tenía a gente lúgubre o desagradable.
    —Pero, ¿qué decís? Estábais espiando una conversación privada.
    —Si no fuera privada, no sería espiar —sonrió con malicia. Parecía de pronto bastante divertida por la situación. Empezó a acercarse a la Lady con lentitud, la cual estaba quieta, desafiante—. Venga, en serio. Lo hizo con la antigua señora de la casa, ¿no lo va a hacer con vos, que sois más joven y sois muchísimo más guapa?
    Ellierne arrugó la nariz. No sabía si el elogio era sincero, o quería amedrentarla. Igualmente, ni iba a sentirse halagada ni intimidada.
    —Ser Dayrel ha demostrado ser un buen hombre, no deberíais hablar con tanta ligereza de los demás, y menos sin pruebas.
    —Pruebas, ¿eh? —acercó mucho su rostro al de la noble, que ahora sí mostraba algo de nerviosismo— Si queréis pruebas, tendréis que pagarlas. Si no, podéis seguir sintiendo cosas mágicas por el cuerpo, yacer con él, y luego seguir sus planes como si fuerais un vulgar niño.
    Ella no pudo evitar mirar el estoque que portaba aquella desconocida antes de volver a mirarla a los ojos. Empezaba a dolerle la cabeza y a sentirse confusa, como si tuviese una lucha interna, aunque no entendía a qué se debía. Se llevó una mano a la cabeza a causa del mareo.
    —S-i... si fuera verdad... ¿Cómo podría creeros?
    —Fácil.
    Sin que Ellierne pudiera reaccionar, la muchacha le dio un fugaz beso en los labios.
Todo sucedió en su cabeza muy rápido, aunque era consciente de que pasaron escasos segundos. Era como sentir una ola de alivio aplastar a lo que fuera que la hacía sentir ese combate, y sólo entonces se dio cuenta de lo que pasaba.
    Su subconsciente le exigía que no se fiara de aquel caballero, pero algo sobrenatural le hacía sentir que se había pasado prejuzgándolo.
    Ahora tenía claro lo que había sucedido. Miró a la desconocida con los ojos abiertos, como platos.
    —Magia —dijeron ambas al unísono.
    —Soy Athanna, por cierto. El caballero no es vuestro mayor problema, creedme, sólo es un chupapociones de tres al cuarto.
    —Pero... Es todo tan...
    —Los ruidos son tu mayor problema. No sé qué es exactamente lo que le sucede al Lord ni a las tierras, pero desde luego, no es algo normal. No os preocupéis, ya estamos aquí.
    —¿Estamos? ¿Quiénes?
    La sonrisa de Athanna se ensanchó, mostrando sus blancos y sinuosos dientes.
    —Los cazadores.



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