domingo, 1 de julio de 2018

Los libros de Dyana #1: Calaveras y Tormentas (II)

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

Capítulo II

      Aquella noche era, con total certeza, una de las más inquietantes de su vida.
    Los aposentos de Elierne estaban relativamente cerca de los de su futuro marido. No paraba de darle vueltas a la cabeza a aquel concepto: marido. Iba a contraer matrimonio con alguien que era bastante más mayor que ella, cosa que le imponía. Se sentía agredida incluso antes de que todo comenzase, ya que su imaginación le estaba jugando malas pasadas.
    Por otra parte, debía admitir que no vio en él ni un atisbo de alegría. En el semblante de otros hombres de similar edad a la de lord Batwyn vio la lujurua y el deseo cuando su mirada se posaba en la de una joven de similar edad que la de ella. Él, sin embargo, apenas le dio dos vistazos fugaces, y parecía que contenía la ira en vez de la pasión.
    Una mezcla de tranquilidad y preocupación apareció en su corazón. ¿Él tampoco quería casarse? ¿Entonces, por qué hacerlo, y por qué tomarse tanta prisa por ello? No enendía la situación, y eso la frustraba. Se levantó de la cama y miró por la ventana. No podía saber si era muy tarde o muy temprano, porque las nubes ocultaban el cielo, y parecía que el tiempo no avanzaba.
    Lo que sí sabía es que quería conocer el castillo, conocer todo lo que pudiera y ser lista. Con suerte, podría encontrar la forma de salir de allí antes de su casi inminente boda.
    Aguardó unos segundos, y puso su oreja en la puerta, concentrándose en el ruido que pudiera haber alrededor. Quizás había algún que otro guardia custodiando la zona, lo cual complicaría bastante su paseo nocturno. Entreabrió un poco la puerta, ya que, si había alguien al otro lado, no hacía ruido ni al respirar. Pudo comprobar, con cierto alivio, que el lugar estaba despejado.
    Andaba con un sigilo casi impropio de una joven doncella de su edad. Iba descalza, para evitar problemas con el zapato, y se agarraba fuertemente el camisón para que el roce de la tela con el suelo no le supusiera ningún impedimento.
    Miraba a todos lados, sin saber realmente por dónde empezar. Se estaba dando cuenta de que no podía hacer un reconocimiento en un castillo donde los muros eran casi tan oscuros como la propia noche, y que de no ser por las velas que estaban estratégicamente puestas a lo largo de los pasillos, no lograría ver absolutamente nada.
    Con mucho cuidado, acariciaba cada ladrido, concentrándose. Una parte de ella le decía que era mejor volver a la habitación, que estaba ya todo perdido. Pero otra parte, fuerte a pesar de todos los acontecimientos, le exigía que no se rindiera.
    A pesar de que iba con discrección, no iba para nada lenta. Llevaba ya un buen rato caminando, no sabría calcular tanto. Sabía que era el tiempo suficiente como para que le empezaran a doler un poco los pies.
    Ella no quería casarse, y mucho menos con alguien tan mayor. Ni siquiera tenía claro que quisiera ser noble. Es cierto que las comodidades eran buenas, y que había visto cómo trataban a la servidumbre, aunque tampoco quería eso. Quería encontrar la manera de poder decidir sobre sí misma.
    Porque no quería acabar como su madre.
    Se mordió el labio inferior, aguantando la ira. Recordar que su madre nunca había sido feliz, ni un día de su vida, la atormentaba. Recordó, con cierta pena, las últimas palabras de su madre antes de que se marchara a un viaje con su padre, donde, al parecer, la vejaron, humillaron y maltrataron hasta la muerte:
   —Hija mía, que no te engañen. Ni el oro, ni el poder, ni las comodidades te harán feliz. Mi madre me convenció de pequeña que me casarían con un hombre bueno y amable, pero, ¿sabes qué? No es cierto. No existe un hombre en el poder, con títulos nobiliarios, que posea buen corazón.
    —¿Ni siquiera papá? —recordó que preguntó de niña.
    Su madre había negado con la cabeza.
    —No, cielo. Si en tu noche de bodas no quieres yacer con él, lo harás. Si no quieres darle hijos, lo tendrás que hacer. Porque nuestro papel no es el de ser nobles, sino ser suyas.
    Esas palabras marcaron a Ellierne, y decidió entonces que tendría lo que su progenitora deseaba para su descendencia: la libertad que siempre le había negado.
   Se paró en seco. Cada vez que recordaba la conversación con su madre, o su sonrisa, o las cosas que le había enseñado, como el ser sigilosa, sostener una daga, o esquivar a la gente con gráciles movimientos de danza, la hacía llorar. Se le escapó un sollozo ahogado, pensando que había fallado a su madre y a sus sueños por seguir allí, pero, ¿qué otra opción tenía? Había intentado huir, estaba investigando el lugar, a pesar de que era terriblemente oscuro. No sabía qué más hacer.
    De pronto, escuchó un ruido proveniente del fondo del pasillo. Era como una especie de gruñido gutural. El miedo invadió su ser durante unos instantes, ya que todo el ambiente era aterrador.
    Más por instinto que por otra cosa, empezó a correr, en dirección a su habitación. Se estaba haciendo cada vez más daño en la planta de los pies, pero no le importaba. Algo le decía que su vida estaba en peligro.
    Siguió escuchando el gruñido, cada vez más cerca. Se giraba, pero no veía nada. El agobio le estaba oprimiendo el pecho, y al no conocerse el lugar, no sabía hasta qué punto estaba cerca o lejos de su alcoba.
    En un momento de debilidad, tropezó con un ladrillo en el suelo. Notaba cómo las palmas de sus manos y sus rodillas comenzaban a sangrar. Alzó un poco la vista hacia atrás, y pudo ver, gracias al fuego de las velas posadas en escuetos candelabros, la silueta de una especie de animal enorme, con un pelaje oscuro, que la miraba con sus ojos ambarinos, henchidos de odio.
    Miró a su alrededor, pero no lograba ver nada. Maldición, ni un maldito palo o piedra cerca para poder golpearle mientras seguía huyendo.
    Cerró los ojos fuertemente. Cuando ya estaba rezando internamente para que, fuera lo que fuese, si la devoraba, le diera su carne una fuerte indigestión, escuchó una voz amable y firme junto a ella.
     —No tengas miedo.
    Por mero instinto, miró hacia arriba, y vio junto a ella la silueta de un hombre que miraba el frente con una sonrisa serena. Ladeó la cabeza antes de agacharse y tenderle la mano.
    —No temáis, futura lady Batwyn. ¿Os encontráis bien?
    Ellierne se quedó unos segundos en silencio, sin saber muy bien qué decir. Volvió a mirar hacia atrás, pero no vio nada.
    —¿Ocurre algo, mi señora?
    La joven aceptó la mano, y él la ayudó a levantarse. Ella, aún temblando, señaló al fondo del pasillo.
    —Había algo ahí, algo... Por Ethan, era aterrador...
    El hombre negó con la cabeza. Ahora que lo tenía más cerca, podía intuir que tenía unos cabellos rubios que se recogían por una coleta baja. Sus facciones eran amables y relajadas, lo cual la aliviaba un poco.
    —Quizás hayan sido imaginaciones suyas, mi señora. No sería extraño. Este lugar posee un ambiente que hace que los que no viven aquí dejen volar su imaginación. Hay que admitir que no es el castillo más acogedor del territorio.
    Ellierne asintió. Eso era lógico, aunque sabía lo que había oído y lo que había visto. Sin embargo, no quería darle por el momento más vueltas, sobre todo para que no la considerasen una loca redomada.
     —¿Podéis acompañarme a mi alcoba? No sé muy bien por dónde queda.
    El hombre asintió. Por su atuendo, no era un sirviente, al menos, no uno normal. Quizás era un guardia que estaba de descanso, o algún artista que tuviera el lord de aquí.
     La muchacha se apoyó un poco en él, más por el dolor de sus extremidades que por el miedo que aún cubría su pecho. Cuando giraron la esquina, volvió a mirar atrás, y un escalofrío recorrió su espina dorsal al ver dos puntos rojos brillando cuales ojos en el fondo del pasillo.
     Suspiró brevemente. No sabía si era ya sugestión o que realmente había algo ahí. Fuera cual fuese la respuesta, daba ya igual. Cada vez tenía más claro que, desgraciadamente, ese lugar se estaba convirtiendo en su nuevo hogar.  
   
 

________

Continuará 

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