domingo, 17 de junio de 2018

Los libros de Dyana: #1 Calaveras y tormentas (I)

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

Capítulo I

    El vaivén del carro la mareaba cada vez más, y en parte lo agradecía. No quería ser consciente de todo lo que estaba sucediendo alrededor.
    Los momentos después de la disputa con su padre fueron algo frenéticos. Ellierne, conforme salió del despacho de su padre, se fue corriendo a su habitación. Empezó a hacer las maletas de forma apresurada, y planeó una estrategia para salir sin que nadie la viera por la noche, pero al parecer hizo demasiado ruido, o quizás su cara declaró todas sus intenciones a su progenitor, porque cuando iba a saltar por la ventana, se fijó que había tres guardias esperándola, mirando hacia ella, con gesto imperturbable. Uno de ellos dio el aviso de que, efectivamente, la lady iba a escaparse.
    Todo sucedió muy rápido desde entonces. Los guardias que solían quedarse en la puerta de ella entraron sin llamar, cogieron sus maletas, y la invitaron a acompañarles para que fuera a ver al lord.
    Su padre, con un gesto que detonaba decepción, le dejó claro que mañana al alba se iría directa a su nuevo hogar, y que su acto, egoísta e inconsciente, era merecedor de un castigo severo y ejemplar.
    La voz de su padre resonaba en su cabeza:
    –Por cosas como éstas mereces que te azoten en público.
    Apretó la mandíbula, enfadada. ¿Por qué narices tenía que casarse ella? Las hijas de los otros lores querían casarse con apuestos caballeros o nobles de alta alcurnia, o al menos alguien que pudiera cuidarlas y mantenerlas como habían hecho sus padres con anterioridad. Sin embargo, ella sólo soñaba con descubrir mundo y vivir aventuras, tal y como escuchó tiempo atrás de la boca de Duane, el caballero errante que a veces iba a ver a su padre por recordar viejos tiempos.
    Bajó la mira hacia sus manos, conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir. Era mejor que asumiera que todos los pajaritos que tenía en la cabeza morían a cada avance del transporte. Lo que debía hacer ahora es asumir que, aunque había otras nobles como ella que no tenían la obligación de casarse tan pronto, tenía un padre que estaba arraigado a las antiguas costumbres, y el ganar más estatus gracias al enlace con lord Batwyn era más importante que la felicidad de su hija.
    Entrecerró los ojos cuando notó que el ambiente se enrarecía. Volvió a mirar al exterior, y se percató de que se dirigían a una zona donde había unas nubes negras como nunca antes las había visto. Se mordió el labio inferior, y echó la vista atrás, fijándose de que, tras ella, había un paisaje muy vivo, con el sol dando fuerte a los árboles, que se movían ligeramente por el viento.
    Las sensaciones que le producía esa imagen golpeaban su corazón como un martillo. Por un lado, sentía impaciencia por saber qué iba a ser de ella en ese castillo, o si su futuro marido sería igual de tradicional que su padre. ¿Tendría menos libertades en su nuevo hogar? ¿La dejarán leer y soñar, o simplemente será otra mujer más prisionera de su sino?
    –Estamos llegando, mi señora –dijo uno de los hombres que la acompañaban. Eran hombres de Batwyn que habían ido a sus tierras a recogerla–. El lord nos ha pedido que no miréis al pueblo ni hagáis ningún gesto fuera del carro. El pueblo está algo conmocionado por los últimos acontecimientos.
    –Os agradezco la advertencia, me quedaré aquí, sin molestar –el guardia asintió, sin captar el tono insolente de la muchacha. Acto seguido, cerró la tupida cortina que tenía la ventana.
    
    La primera impresión fue agridulce.
    Nada más llegar, la lluvia comenzó como si quisiera darle la bienvenida, lo cual hizo que Ellierne se mojara un poco. Por suerte, los hombres de aquel castillo estaban preparados para que eso sucediera, y cubrieron a la lady con una tela algo gruesa que impedía que las gotas la tocasen. Ella agradeció el gesto y avanzaron con premura por el pasillo hasta llegar al castillo de tonos azabache que estaba ante ella.
    El edificio era una obra que podía hacer temblar a un ejército. Un muro prácticamente infranqueable rodeaba aquel lugar al que pronto debía llamar hogar. El interior era frío y tenía cierta humedad, pero no parecía que fuera algo que le molestase a los hombres que estaban haciendo guardia allí. 
    Ellierne no pudo evitar percatarse de una cosa: el ambiente que rodeaba a todas las personas que había allí era lúgubre y siniestro. Nadie sonreía, nadie decía nada. Sólo asentían o hacían gesto de respeto y reverencias. Sus emociones se estaban fundiendo con las de aquellas gentes por momentos.
    Llegó a la sala del trono, donde ahí estaba él: lord Batwyn.
    Recordó cuando lo vio por primera vez: Su hijo aún era un lactante, y él parecía muy seguro de sí mismo. Sus facciones eran más duras que antaño, probablemente causado por la presión del poder. Ella sabía que él realmente no era el verdadero heredero de la casa, ya que era el segundo varón de su familia. Sin embargo, años atrás su hermano mayor murió a causa de una enfermedad, por lo que tuvo que adoptar el papel de lord una vez falleció su padre.
    Las ropas que vestían le resultaban a ella siniestras. Lucía un traje oscuro, de telas gruesas y de gran calidad. Los tonos de su traje combinaban con los de la sala, dándole un aire lóbrego a toda la situación.
    Él se levantó, y dio un par de pasos hacia ella. Ambos se sostuvieron la mirada, analizándose. Ellierne no ocultaba su descontento por la inminente boda, pero no tenía la misma actitud pendenciera que antes de entrar a la estancia. Debía recordar que estaba ante un hombre que había perdido a su familia, y que probablemente esta situación le agradaba tan poco como a ella. 
    Por otro lado, el hombre no mostraba la más mínima emoción. Ella recordaba que era una persona seria, pero no era esa seriedad siniestra o pedante que tenían otros. 
    Fue en esa mirada donde Ellierne pensó, por primera vez, que quizás él tampoco quisiera casarse. Quizás él le daría más libertad a causa de que no tenían en común ni la edad. Ciertas esperanzas afloraron de nuevo en su corazón, pero las contuvo. Era mejor no volver a soñar demasiado.
    –Mi señora, es un honor que estéis en la que va a ser vuestra futura casa –su voz era tan serena que tranquilizó las facciones de la joven.
    –Me encantaría deciros que es un placer estar aquí, mas me esperaba que vendría dentro de, al menos, cuatro años –tragó saliva al ver que entrecerraba los ojos, escrutándola. No debía tener la lengua tan afilada por el momento. Carraspeó–. Siento muchísimo lo que le ha pasado a su familia.
    Él apretó la mandíbula, y asintió, aceptando las condolencias de su prometida.
    –Tenéis vuestros aposentos preparados. En dos días será la boda, así que tenéis tiempo de aclimataros.
    Ellierne abrió la boca. ¿Dos días? ¡Eso era poco tiempo! Normalmente se tardaba unos meses en que se celebrara para que les diera tiempo a los invitados más lejanos a prepararse e ir al lugar donde se celebra el enlace. 
    –¿Cómo es eso posible? Es... ¡Es poquísimo tiempo, lord Batwyn!
    El lord alzó la mano, callándola con aquel gesto. Sus ojos parecían tener un muro infranqueable que te impedía saber si estaba enfadado, molesto, dolido, o indiferente.
    –No sé qué os habrá comunicado vuestro padre, pero las cosas son así. Me ha dado un adelanto económico a cambio de que seáis Lady junto a mí en un plazo de cinco días. Habéis tardado tres en venir aquí, así que no nos queda más remedio que obedecer.
    La joven quería replicar, quería gritarle y decirle que si ninguno quería casarse, que podían no hacerlo. Quería dejar ver que había mil opciones, pero no sabía cómo se lo iba a tomar él, ni tampoco tenía las fuerzas suficientes para empezar una disputa. El viaje fue agotador física y emocionalmente para ella.
    –Podéis llamarme lord Travis en vez de lord Batwyn. A partir de ahora es mejor tener confianza entre nosotros. El vestido lo confeccionarán unas mujeres que viven en el lado oeste del castillo. Podrás supervisarlo.
    –Mi señor, si se me permite el atrevi...
    –No se os permite si tiene relación con la cancelación o postergación del enlace –cortó él, como si la viera venir–. Contraeremos matrimonio y cumpliremos nuestro deber, mi señora. Vuestro padre me advirtió de vos y de que érais demasiado... soñadora. Aquí podréis sentiros libre, siempre y cuando estéis en el castillo. No os preocupéis, sé que seréis capaz de aprender a apreciar el castillo y de cumplir con vuestro deber.
    El señor de aquellas tierras tomó la mano de ella y la besó. Por su parte, Ellierne tenía los ojos abiertos, como platos. Siempre intentó ser una mujer ejemplar, que todos pensasen que ella quería ser libertad, y a la vez, ser una buena esposa. Pero si su padre advirtió a su prometido de su carácter, es que quizás era peor mentirosa de lo que se imaginaba. 
    Una vez se marchó lord Batwyn, uno de los sirvientes se acercó a ella, esforzándose por sonreír. 
    –Mi señora, si me lo permitís, os llevaré a sus aposentos.
    –Haced lo que debáis hacer –susurró ella, más para sí misma que para el sirviente.
    El corazón le iba a mil por hora. Debía pensar un plan elaborado para poder ser libre, o al menos, tener el control de lo que la rodeaba. Había muchas cosas que aún no conocía, ni cuáles eran los verdaderos límites de su futuro marido, pero una cosa tenía clara: A pesar de que se decía a sí misma que todos tenían razón, que nunca lo conseguiría, una parte tan pequeña como fuerte de su ser le gritaba un mensaje conciso y claro.
    No te rindas.

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