miércoles, 13 de junio de 2018

Los libros de Dyana: #1 - Calaveras y tormentas

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

    Dyana paseaba por la biblioteca una vez más. Le aliviaba saber que en su casa podía coger el libro que quisiese y poder estar tranquila con él. ¿Qué sería de ella sin sus maravillosos libros, sin las historias que tenía que contar? Probablemente, estaría triste a todas horas, o medio hueca. O a saber.
     Posó sus ojos en un libro en concreto.
     –Calaveras y tormentas –murmuró, interesada. Recordaba perfectamente que llegó ese libro hace dos días. Al parecer, en algunos lugares de la zona de Nothawin estaba prohibido porque el personaje femenino era, digamos, demasiado pretenciosa.
     Menos mal que su padre no sabía leer, y que realmente quien custodiaba esos libros era ella. Si su padre supiera que su querida hija ha permitido que entren libros de dudoso prestigio en el castillo, como poco, la mandaría a azotar.
     Se encogió de hombros, resuelta. Ni siquiera esperó a buscar un lugar cómodo para ponerse a leer. En cuanto el libro estuvo en sus manos, lo abrió, y lo comenzó a devorar.



Prólogo

    A cada paso que daba por el pasillo del castillo, más escuchaba los latidos de su propio corazón.
    Le había dejado bastante claro a su padre que no iba a aceptar un matrimonio de conveniencia hasta que no fueran tiempos de guerra. Estaba cansada de oír de otras doncellas lo mal que olían sus maridos, de lo viejos que eran, o de las constantes ofensas que recibían por parte de sus esposos, que se pavoneaban sin ningún pudor mostrando sus jóvenes y bellas mujeres.
    No. Ellierne de Volkram no quería ser una noble más. Tenía sus planes: en su vigésimo cumpleaños, tendría ahorrado el suficiente dinero vendiendo los objetos que le regalaban por sus celebraciones pasadas, y entonces huiría rauda con Shamy, su yegua .
    Sería libre.
    Estaba cansada de cómo iban las cosas en el mundo. La pasividad de las personas que conocía, ya sea porque su estatus social le permitía vivir bien, o que las cosas malas como los derechos y libertades les parecían "cosas sacrificables por una montaña de oro", la ponía de los nervios.
    Lo peor para ella es que no podía hablar. Siempre sonreía y asentía ante frases como "cuando me case voy a tener muchos hijos preciosos y voy a peinarlos a todos", o "lo mejor de ser mujer es no tener que hacer nada y poder controlar todo lo que hay". Eran frases que, para empezar, sabía que eran mentiras que se habían creído porque era mejor que pensaran que, si se casaban, iban a ser felices, que saber la realidad.
    La realidad era muy sencilla: cállate, que no haces nada. Ábrete de piernas, que sólo haces eso. Cállate de nuevo, que cada vez que hablas me duele la cabeza.
    Era cierto que no todos eran así. Algunos nobles trataban muy bien a sus mujeres, pero ella no quería a un noble que la cuidara como al jarrón más preciado de la sala. Ella, de hecho, no quería ni siquiera un enlace. Su única obsesión era aprender a ser independiente, y volar. Volar muy lejos
    Su padre estaba ya convencido de que Ellierne no iba a desposarse hasta los veinte años, y se iba a casar con el hijo de Lord Batwyn, que tendría en ese momento ocho años.
     Aún quedaban cuatro veranos para que ella tuviera que contraer matrimonio. Cuatro gloriosos años que le iban a conceder tiempo para entrenarse físicamente a escondidas y valerse por sí misma. Sea lo que sea que hubiera pasado, tenía que disuadir a su padre.
     Los guardias que había en la puerta del despacho de Lord Volkram se inclinaron al verla. Uno de ellos
     –Mi señora, su padre os espera –el de la izquierda le abrió la puerta.
     Ella pasó, algo temblorosa. Cierto era que en su mente parecía muy valiente, sobre todo a la hora de pensar planes de huida, pero realmente no era una rebelde.
     Lord Volkram miraba un pequeño pergamino con cara de preocupación. Alzó sólo la mirada para contemplar a Ellierne unos segundos.
     –Sentaos, querida.
     –No pienso casarme –se le escapó decir a ella.
    Su padre resopló. Por suerte para ella, no era uno de esos padres que desoían a sus hijas, o que la obligaban a hacer cosas que no quería. Pero había cosas que no toleraba, y era la insubordinación, aunque fuera un gesto muy pequeño, como su mera actitud.
     –Relajaos, hija. Las cosas han cambiado ahora.
     –¡Pero si he hecho todo lo que me habéis pedido! Sé ser una buena esposa, sé...
     –Las buenas esposas escuchan al Lord, tesoro –a pesar del apelativo cariñoso, su voz sonaba amenazadora, lo cual hizo que enmudeciera de inmediato–. Y quiero que me escuchéis bien: La familia de Lord Batwyn ha sido atacada.
     Ellierne abrió los ojos de par en par. Hacía ya varios años que no se oía ningún tipo de ataque hacia los nobles. El pueblo estaba bastante contento, y los caballeros eran tan fuertes que los bandidos no se acercaban. La noticia le cayó como un jarro de agua fría.
     –Lady Batwyn y sus hijos han muerto –prosiguió su padre, por su gesto, parecía que la noticia también le había afecta, y no era de extrañar. Esa familia había estado hace unos meses en el castillo, y se quedaron una semana entera–. Tendréis que casaros con él para que yo pueda proporcionarle la ayuda necesaria. Él está ahora mismo sólo –cambió el tono a otro más compasivo–. Sé que no queríais casaros tan pronto, pero no os queda más remedio. Es vuestro deber.
     –Pero...–titubeó– yo...
     Su padre se acercó a abrazarla, pero ella se echó para atrás. Cruzaron una mirada, y no hizo falta nada más.
     Era su deber.
     La joven salió del despacho, sin siquiera despedirse. Sólo escuchaba sus latidos y sus pasos, que la alejaban, poco a poco, de la ilusión de alzar el vuelo lejos de allí. 
   
   
~

   
     

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