domingo, 2 de septiembre de 2018

Mapeado de Nayrún

¡¡Hola a todos!!

He decidido hacer algunos cambios en el blog: Lo primero es que Calaveras y tormentas pasará a escribirse en privado, para así tener tiempo de terminarlo, leerlo, corregirlo, y publicarlo finalmente en Lektu

Si todo va bien, el libro estará terminado a principios de octubre.

Seguramente, una vez lo termine, lo pasaré a algunos lectores cero para que me den sus opiniones, correcciones, y lo que quieran. Si quieres ser uno, puedes ponerte en contacto conmigo a través de mi cuenta de Twitter (@VicTravilian), o por correo: vicdelcas.nay@gmail.com.

Lo segundo, es que ya está en marcha el mapeado de Nayrún. Gracias a Blue, miembro del grupo Roleras por el mundo, he encontrado una página que quizás a muchos os ayude a la hora de crear vuestro mapeado. Podéis acceder a la página haciendo click aquí.

Sin más, os dejo aquí el mapeado del continente de Nayrún. Las islas forman diplomáticamente parte de la política del continente, aunque... Bueno, digamos que las islas son de gente un poco rubia, ruda, y con manía por conquistar.

Sin más, ¡aquí tenéis un avance del mapeado!


Estamos creando ciudad por ciudad, camino a camino, centrándonos en el país que está al norte, ya que gran parte de la trama principal se centrará en él, aunque probablemente toquemos más países.

¡Un abrazo y gracias por el apoyo!

viernes, 24 de agosto de 2018

¡He publicado en Lektu!

    ¡Hola a todos! Esta entrada no tiene relación con el mundo de Nayrún, el cual estamos terminando de perfilar, y creemos que podremos dar más adelantos a partir del mes que viene.

    Esta entrada es porque yo, Vic, acabo de subir una historia a la página de lektu. La verdad es que es una historia que más de uno conoce, porque la escribí en el año 2011, pero nunca me había atrevido a publicarla. Ahora, a pesar de que no es una maravilla de obra, he de decir que siento cierto orgullo, porque pude ser capaz de hacer algo que siempre me había dado miedo: terminar una historia.

     Por ello, quiero dejaros por aquí el enlace. El pago es por pago social, quiere decir que el pago del libro es simplemente enviar el tweet pregenerado que os deja la página.



Si queréis saber más, podéis acceder dándole clic aquí para ir a la página del libro. 

    Lo que destacaría de esta historia no es en sí la trama, sino cómo cuento las vivencias de los personajes a través de una prosa poética. Expresé así, por así decirlo, cómo vivo yo misma mi vida.

    Cuando estoy en silencio, tras sucesos desagradables, o no tanto, o incluso, digamos, alegres, tengo una voz que habla como la voz en cursiva. También he de añadir que escribí esa historia por una necesidad personal, y aunque han pasado los años y mi visión del mundo es completamente distinta, mis sensaciones siguen ahí, y mi forma de vivir no ha variado tanto. Por ello, me hace mucha ilusión que el libro esté publicado en una plataforma. 


    Estoy preparando otros proyectos como profesional, pero todo va poco a poco, organizándome, ya que he probado a ir rápido y con descontrol, y nunca me ha servido de nada.

    Dicho ésto, muchas gracias por vuestra atención.

    ¡Nos leemos!




lunes, 20 de agosto de 2018

Los libros de Dyana #1: Calaveras y Tormentas (III)

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

Capítulo III



    —Mi señora, si se me permite el comentario, lucís preciosa.
    Ellierne tragó saliva a modo de respuesta al comentario de su nueva sirvienta. La miró de reojo, con cierta rabia. El servicio no era culpable de que aquella muchacha estuviera muy malhumorada a causa de su inminente enlace, y la noble lo sabía, pero no podía desahogarse con nadie, así que no iba a contenerse para acabar explotando con quien no debía.
    La sirvienta asintió, entendiendo que no era momento de hablar, aunque las palabras le salieron con total sinceridad. Ellierne lucía su futuro vestido de novia, y estaba espectacular. Un precioso vestido gris muy claro, con detalles de plata en la zona del corsé. Las mangas eran largas, y el cuello lo tenía casi cubierto por una tela algo dura que permanecía alzada.
    Su madre le decía que, por mucho que brillara, no iba a ver la luz, y ahora entendía de sobra aquello. Mañana, probablemente sobre esta hora, se produciría el fatídico matrimonio.
Se despojó del vestido lo más rápido que pudo, dándose cuenta al hacerlo de lo incómodo que iba a ser desnudarla, cosa que no sabía si la alegraba o era un dato indiferente. Decidió ponerse sus prendas normales y dar un paseo por los alrededores del castillo.

    Conforme iba avanzando, se daba cuenta de lo triste que era el lugar. Las flores tenían un color oscuro, si es que había, ya que la mayoría de la vegetación que había no era muy variada. Los guardias la saludaban con solemnidad, y los sirvientes se inclinaban ligeramente y se iban corriendo.
Era como si aquel lugar le hubiese sido arrebatada toda la alegría. Ya no era solo su infelicidad la que notaba, sino que era algo que se respiraba en el ambiente.
    Se topó con una fuente, la cual era lo suficientemente grande como para sentarse. Decidió descansar allí un poco, y, de paso, memorizar el lugar.
    Pudo ver, a lo lejos, a un joven que le sonreía. Su aspecto no era de sirviente ni mucho menos, pero tampoco de noble. Llevaba una melena rubia que ondeaba al viento, y una armadura de cuero tachonado. Conforme se iba acercando, los rasgos le iban siendo más familiares a la Lady.
    Fue el hombre que la acompañó a sus aposentos la noche anterior.
    Cuando estaba a un metro de la joven, él se inclinó.
    —Milady, espero que estéis mejor ahora.
    —Muchas gracias por acompañarme. Os despedí tan rápido que ni siquiera os pregunté vuestro nombre.
    La sonrisa de él se ensanchó, cosa que la puso algo nerviosa. No estaba acostumbrada a tratar con mucha gente, y mucho menos de menor rango que ella.
    —Soy Ser Dayrel, mi señora. Uno de los caballeros de su futuro marido, y, quiero pensar, que también amigo.
    Ella le miró la armadura, y luego posó sus ojos en los de él, que brillaban de una forma que la hacían sentir bastante incómoda.
    —Un placer, Ser. La verdad es que anoche... fue todo muy raro. ¿Es que acaso hay bestias en el castillo?
    La carcajada que soltó Ser Dayrel ante la ocurrencia de la muchacha hizo que ésta se sintiera aún peor. Era una pregunta claramente exagerada, pero aun así, tenía cierto fundamento: los ruidos que escuchó no eran ficticios, y o había bestias en el castillo, o un mágico tenía ganas de jugar aquella noche.
    —Mi señora, sois una mujer muy directa y muy ocurrente. Anoche os dio miedo el castillo porque, seamos honestos, es un lugar que deprime a cualquiera. Nunca vas a encontrar a nadie sonriendo en una zona donde si no está lloviendo, están las nubes negras tapando en sol. Que haya vegetación viva es casi un milagro.
    Ellierne asintió, sin poder ocultar que estaba molesta. El caballero miró a un lado, se inclinó, y cogió una de las pocas flores que había ahí.
    —No os preocupéis, mi señora. Yo os protegeré todas las veces que sean necesarias —dice mientras le tiende la flor.
    Ella se quedó mirando unos segundos la flor. Era un gesto muy bonito por su parte. Apenas se conocían, y ya la había protegido del miedo y ahora la intentaba animar. Empezaba a sentirse cómoda con él, y por ello, aceptó la flor.
    —Sois muy amable.
    —Lo intento. Y ahora, descansad. Mañana será vuestro gran día, y vais a ser una novia preciosa y feliz.
    Ellierne asintió, y sintió en su corazón una calidez que hacía tiempo que no sentía. Sí. Mañana podría lograr ser feliz. Ser Dayrel tenía una sonrisa que, es verdad que al principio no le gustaba, pero empezaba a encontrarle, incluso, cierto atractivo.
    El caballero se inclinó para despedirse, no sin antes coger de la mano a la joven y posar un suave beso en ella. Mientras estaba caminando, ella sentía que por su cuerpo recorría un torbellino de emociones nuevas. Su salvador era nada menos que un caballero, como en las historias que había leído de pequeña. Quizás era cierto y los ruidos que había escuchado no eran más que imaginaciones suyas, pero...
    Sacudió la cabeza. ¿En qué estaba pensando? «No, lo que escuché fue real. Estoy segura. ¿Pero qué me pasa?».
    —Por favor, vos también no.
    Ellierne se levantó de un salto al escuchar una voz a sus espaldas. Sus ojos se posaron en una muchacha que podía ser de la misma edad que ella. Sus cabellos, largos y negros, tapaban ligeramente su rostro pálido y redondeado. Era algo bajita y corpulenta, y vestía una camisa y unos pantalones ajustados de buena calidad.
    Pero lo que más podía destacar Ellierne de ella era que, en el cinto, llevaba un estoque.
    —¿Quién sois?
    —Una que acaba de ver cómo os han embaucado de forma triste, lamentable, y terriblemente fácil —negó con la cabeza, chasqueando la lengua—. ¿Ni siquiera lo has sentido?
    La joven noble frunció el ceño, malhumorada. No conocía de nada a esa chica, ni siquiera la había visto o escuchado hasta que habló, cosa que empezaba a ponerle de los nervios. Esta ciudad sólo tenía a gente lúgubre o desagradable.
    —Pero, ¿qué decís? Estábais espiando una conversación privada.
    —Si no fuera privada, no sería espiar —sonrió con malicia. Parecía de pronto bastante divertida por la situación. Empezó a acercarse a la Lady con lentitud, la cual estaba quieta, desafiante—. Venga, en serio. Lo hizo con la antigua señora de la casa, ¿no lo va a hacer con vos, que sois más joven y sois muchísimo más guapa?
    Ellierne arrugó la nariz. No sabía si el elogio era sincero, o quería amedrentarla. Igualmente, ni iba a sentirse halagada ni intimidada.
    —Ser Dayrel ha demostrado ser un buen hombre, no deberíais hablar con tanta ligereza de los demás, y menos sin pruebas.
    —Pruebas, ¿eh? —acercó mucho su rostro al de la noble, que ahora sí mostraba algo de nerviosismo— Si queréis pruebas, tendréis que pagarlas. Si no, podéis seguir sintiendo cosas mágicas por el cuerpo, yacer con él, y luego seguir sus planes como si fuerais un vulgar niño.
    Ella no pudo evitar mirar el estoque que portaba aquella desconocida antes de volver a mirarla a los ojos. Empezaba a dolerle la cabeza y a sentirse confusa, como si tuviese una lucha interna, aunque no entendía a qué se debía. Se llevó una mano a la cabeza a causa del mareo.
    —S-i... si fuera verdad... ¿Cómo podría creeros?
    —Fácil.
    Sin que Ellierne pudiera reaccionar, la muchacha le dio un fugaz beso en los labios.
Todo sucedió en su cabeza muy rápido, aunque era consciente de que pasaron escasos segundos. Era como sentir una ola de alivio aplastar a lo que fuera que la hacía sentir ese combate, y sólo entonces se dio cuenta de lo que pasaba.
    Su subconsciente le exigía que no se fiara de aquel caballero, pero algo sobrenatural le hacía sentir que se había pasado prejuzgándolo.
    Ahora tenía claro lo que había sucedido. Miró a la desconocida con los ojos abiertos, como platos.
    —Magia —dijeron ambas al unísono.
    —Soy Athanna, por cierto. El caballero no es vuestro mayor problema, creedme, sólo es un chupapociones de tres al cuarto.
    —Pero... Es todo tan...
    —Los ruidos son tu mayor problema. No sé qué es exactamente lo que le sucede al Lord ni a las tierras, pero desde luego, no es algo normal. No os preocupéis, ya estamos aquí.
    —¿Estamos? ¿Quiénes?
    La sonrisa de Athanna se ensanchó, mostrando sus blancos y sinuosos dientes.
    —Los cazadores.



domingo, 1 de julio de 2018

Los libros de Dyana #1: Calaveras y Tormentas (II)

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

Capítulo II

      Aquella noche era, con total certeza, una de las más inquietantes de su vida.
    Los aposentos de Elierne estaban relativamente cerca de los de su futuro marido. No paraba de darle vueltas a la cabeza a aquel concepto: marido. Iba a contraer matrimonio con alguien que era bastante más mayor que ella, cosa que le imponía. Se sentía agredida incluso antes de que todo comenzase, ya que su imaginación le estaba jugando malas pasadas.
    Por otra parte, debía admitir que no vio en él ni un atisbo de alegría. En el semblante de otros hombres de similar edad a la de lord Batwyn vio la lujurua y el deseo cuando su mirada se posaba en la de una joven de similar edad que la de ella. Él, sin embargo, apenas le dio dos vistazos fugaces, y parecía que contenía la ira en vez de la pasión.
    Una mezcla de tranquilidad y preocupación apareció en su corazón. ¿Ã‰l tampoco quería casarse? ¿Entonces, por qué hacerlo, y por qué tomarse tanta prisa por ello? No enendía la situación, y eso la frustraba. Se levantó de la cama y miró por la ventana. No podía saber si era muy tarde o muy temprano, porque las nubes ocultaban el cielo, y parecía que el tiempo no avanzaba.
    Lo que sí sabía es que quería conocer el castillo, conocer todo lo que pudiera y ser lista. Con suerte, podría encontrar la forma de salir de allí antes de su casi inminente boda.
    Aguardó unos segundos, y puso su oreja en la puerta, concentrándose en el ruido que pudiera haber alrededor. Quizás había algún que otro guardia custodiando la zona, lo cual complicaría bastante su paseo nocturno. Entreabrió un poco la puerta, ya que, si había alguien al otro lado, no hacía ruido ni al respirar. Pudo comprobar, con cierto alivio, que el lugar estaba despejado.
    Andaba con un sigilo casi impropio de una joven doncella de su edad. Iba descalza, para evitar problemas con el zapato, y se agarraba fuertemente el camisón para que el roce de la tela con el suelo no le supusiera ningún impedimento.
    Miraba a todos lados, sin saber realmente por dónde empezar. Se estaba dando cuenta de que no podía hacer un reconocimiento en un castillo donde los muros eran casi tan oscuros como la propia noche, y que de no ser por las velas que estaban estratégicamente puestas a lo largo de los pasillos, no lograría ver absolutamente nada.
    Con mucho cuidado, acariciaba cada ladrido, concentrándose. Una parte de ella le decía que era mejor volver a la habitación, que estaba ya todo perdido. Pero otra parte, fuerte a pesar de todos los acontecimientos, le exigía que no se rindiera.
    A pesar de que iba con discrección, no iba para nada lenta. Llevaba ya un buen rato caminando, no sabría calcular tanto. Sabía que era el tiempo suficiente como para que le empezaran a doler un poco los pies.
    Ella no quería casarse, y mucho menos con alguien tan mayor. Ni siquiera tenía claro que quisiera ser noble. Es cierto que las comodidades eran buenas, y que había visto cómo trataban a la servidumbre, aunque tampoco quería eso. Quería encontrar la manera de poder decidir sobre sí misma.
    Porque no quería acabar como su madre.
    Se mordió el labio inferior, aguantando la ira. Recordar que su madre nunca había sido feliz, ni un día de su vida, la atormentaba. Recordó, con cierta pena, las últimas palabras de su madre antes de que se marchara a un viaje con su padre, donde, al parecer, la vejaron, humillaron y maltrataron hasta la muerte:
   —Hija mía, que no te engañen. Ni el oro, ni el poder, ni las comodidades te harán feliz. Mi madre me convenció de pequeña que me casarían con un hombre bueno y amable, pero, ¿sabes qué? No es cierto. No existe un hombre en el poder, con títulos nobiliarios, que posea buen corazón.
    —¿Ni siquiera papá? —recordó que preguntó de niña.
    Su madre había negado con la cabeza.
    —No, cielo. Si en tu noche de bodas no quieres yacer con él, lo harás. Si no quieres darle hijos, lo tendrás que hacer. Porque nuestro papel no es el de ser nobles, sino ser suyas.
    Esas palabras marcaron a Ellierne, y decidió entonces que tendría lo que su progenitora deseaba para su descendencia: la libertad que siempre le había negado.
   Se paró en seco. Cada vez que recordaba la conversación con su madre, o su sonrisa, o las cosas que le había enseñado, como el ser sigilosa, sostener una daga, o esquivar a la gente con gráciles movimientos de danza, la hacía llorar. Se le escapó un sollozo ahogado, pensando que había fallado a su madre y a sus sueños por seguir allí, pero, ¿qué otra opción tenía? Había intentado huir, estaba investigando el lugar, a pesar de que era terriblemente oscuro. No sabía qué más hacer.
    De pronto, escuchó un ruido proveniente del fondo del pasillo. Era como una especie de gruñido gutural. El miedo invadió su ser durante unos instantes, ya que todo el ambiente era aterrador.
    Más por instinto que por otra cosa, empezó a correr, en dirección a su habitación. Se estaba haciendo cada vez más daño en la planta de los pies, pero no le importaba. Algo le decía que su vida estaba en peligro.
    Siguió escuchando el gruñido, cada vez más cerca. Se giraba, pero no veía nada. El agobio le estaba oprimiendo el pecho, y al no conocerse el lugar, no sabía hasta qué punto estaba cerca o lejos de su alcoba.
    En un momento de debilidad, tropezó con un ladrillo en el suelo. Notaba cómo las palmas de sus manos y sus rodillas comenzaban a sangrar. Alzó un poco la vista hacia atrás, y pudo ver, gracias al fuego de las velas posadas en escuetos candelabros, la silueta de una especie de animal enorme, con un pelaje oscuro, que la miraba con sus ojos ambarinos, henchidos de odio.
    Miró a su alrededor, pero no lograba ver nada. Maldición, ni un maldito palo o piedra cerca para poder golpearle mientras seguía huyendo.
    Cerró los ojos fuertemente. Cuando ya estaba rezando internamente para que, fuera lo que fuese, si la devoraba, le diera su carne una fuerte indigestión, escuchó una voz amable y firme junto a ella.
     —No tengas miedo.
    Por mero instinto, miró hacia arriba, y vio junto a ella la silueta de un hombre que miraba el frente con una sonrisa serena. Ladeó la cabeza antes de agacharse y tenderle la mano.
    —No temáis, futura lady Batwyn. ¿Os encontráis bien?
    Ellierne se quedó unos segundos en silencio, sin saber muy bien qué decir. Volvió a mirar hacia atrás, pero no vio nada.
    —¿Ocurre algo, mi señora?
    La joven aceptó la mano, y él la ayudó a levantarse. Ella, aún temblando, señaló al fondo del pasillo.
    —Había algo ahí, algo... Por Ethan, era aterrador...
    El hombre negó con la cabeza. Ahora que lo tenía más cerca, podía intuir que tenía unos cabellos rubios que se recogían por una coleta baja. Sus facciones eran amables y relajadas, lo cual la aliviaba un poco.
    —Quizás hayan sido imaginaciones suyas, mi señora. No sería extraño. Este lugar posee un ambiente que hace que los que no viven aquí dejen volar su imaginación. Hay que admitir que no es el castillo más acogedor del territorio.
    Ellierne asintió. Eso era lógico, aunque sabía lo que había oído y lo que había visto. Sin embargo, no quería darle por el momento más vueltas, sobre todo para que no la considerasen una loca redomada.
     —¿Podéis acompañarme a mi alcoba? No sé muy bien por dónde queda.
    El hombre asintió. Por su atuendo, no era un sirviente, al menos, no uno normal. Quizás era un guardia que estaba de descanso, o algún artista que tuviera el lord de aquí.
     La muchacha se apoyó un poco en él, más por el dolor de sus extremidades que por el miedo que aún cubría su pecho. Cuando giraron la esquina, volvió a mirar atrás, y un escalofrío recorrió su espina dorsal al ver dos puntos rojos brillando cuales ojos en el fondo del pasillo.
     Suspiró brevemente. No sabía si era ya sugestión o que realmente había algo ahí. Fuera cual fuese la respuesta, daba ya igual. Cada vez tenía más claro que, desgraciadamente, ese lugar se estaba convirtiendo en su nuevo hogar.  
   
 

________

Continuará 

jueves, 21 de junio de 2018

Diario de otro mundo (I): la locura de la creación

    ¡Hola a todos!
    Esta entrada es más para desahogo que para otra cosa. 'Diario de otro mundo' es para ir contando por aquí cómo está yendo el proceso de creación de Nayrún, y cómo está yendo el proceso creativo de todo en general (del mundo y de este blog).

    Para empezar, Nayrún lleva en mente de Dan y mía desde hace ya 3 años. Pero fue hace un mes cuando decidimos crear el mundo en serio, escrito en papel. La principal motivación fue porque empezamos a darnos cuenta de que se nos estaban olvidando escenas y personajes clave que nos habían hecho disfrutar mucho cuando interpretábamos las escenas haciendo rol





    Y eso no podíamos permitirlo. Por una parte, eso también me ayudó a decidir retomar las redes sociales y los blogs, los cuales no tocaba... desde hace tres años y pico (creo). Y ya, pues dijimos: Retoma las cosas, vuelve a enfrancarte en el mundo, y pongámonos a crear Nayrún.

    Dan vio un problema: a él le encanta crear mundos como si de un manual de D&D se tratase, lo cual es la parte que, personalmente, más detesto. El tema de escribir le costaba mucho, y le daba cosa legar ese cargo a mí. Mi reacción no se hizo de esperar.


    Me encanta cuando sin querer me sale todo bien.

    Y aquí estamos. Creando el mundo. Por ahora, tenemos el mapa prácticamente listo, y aún estamos debatiendo sobre el tema de la brujería y la magia.

     He de también reflejar una cosa: En el fondo, me da miedo que Nayrún salga al público. Básicamente, porque trato temas muy delicados que se puede malinterpretar con facilidad, porque afecta a minorías oprimidas. Por ello, espero que cuando lo acabe, pueda encontrar a gente que se anime a leerlo para ver si he podido transmitir el mensaje como se debe, o he metido la pata.

    Poco a poco.

    Este sábado continuaré con 'Calaveras y tormentas'. ¡Nos vemos!




domingo, 17 de junio de 2018

Los libros de Dyana: #1 Calaveras y tormentas (I)

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

Capítulo I

    El vaivén del carro la mareaba cada vez más, y en parte lo agradecía. No quería ser consciente de todo lo que estaba sucediendo alrededor.
    Los momentos después de la disputa con su padre fueron algo frenéticos. Ellierne, conforme salió del despacho de su padre, se fue corriendo a su habitación. Empezó a hacer las maletas de forma apresurada, y planeó una estrategia para salir sin que nadie la viera por la noche, pero al parecer hizo demasiado ruido, o quizás su cara declaró todas sus intenciones a su progenitor, porque cuando iba a saltar por la ventana, se fijó que había tres guardias esperándola, mirando hacia ella, con gesto imperturbable. Uno de ellos dio el aviso de que, efectivamente, la lady iba a escaparse.
    Todo sucedió muy rápido desde entonces. Los guardias que solían quedarse en la puerta de ella entraron sin llamar, cogieron sus maletas, y la invitaron a acompañarles para que fuera a ver al lord.
    Su padre, con un gesto que detonaba decepción, le dejó claro que mañana al alba se iría directa a su nuevo hogar, y que su acto, egoísta e inconsciente, era merecedor de un castigo severo y ejemplar.
    La voz de su padre resonaba en su cabeza:
    –Por cosas como éstas mereces que te azoten en público.
    Apretó la mandíbula, enfadada. ¿Por qué narices tenía que casarse ella? Las hijas de los otros lores querían casarse con apuestos caballeros o nobles de alta alcurnia, o al menos alguien que pudiera cuidarlas y mantenerlas como habían hecho sus padres con anterioridad. Sin embargo, ella sólo soñaba con descubrir mundo y vivir aventuras, tal y como escuchó tiempo atrás de la boca de Duane, el caballero errante que a veces iba a ver a su padre por recordar viejos tiempos.
    Bajó la mira hacia sus manos, conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir. Era mejor que asumiera que todos los pajaritos que tenía en la cabeza morían a cada avance del transporte. Lo que debía hacer ahora es asumir que, aunque había otras nobles como ella que no tenían la obligación de casarse tan pronto, tenía un padre que estaba arraigado a las antiguas costumbres, y el ganar más estatus gracias al enlace con lord Batwyn era más importante que la felicidad de su hija.
    Entrecerró los ojos cuando notó que el ambiente se enrarecía. Volvió a mirar al exterior, y se percató de que se dirigían a una zona donde había unas nubes negras como nunca antes las había visto. Se mordió el labio inferior, y echó la vista atrás, fijándose de que, tras ella, había un paisaje muy vivo, con el sol dando fuerte a los árboles, que se movían ligeramente por el viento.
    Las sensaciones que le producía esa imagen golpeaban su corazón como un martillo. Por un lado, sentía impaciencia por saber qué iba a ser de ella en ese castillo, o si su futuro marido sería igual de tradicional que su padre. ¿Tendría menos libertades en su nuevo hogar? ¿La dejarán leer y soñar, o simplemente será otra mujer más prisionera de su sino?
    –Estamos llegando, mi señora –dijo uno de los hombres que la acompañaban. Eran hombres de Batwyn que habían ido a sus tierras a recogerla–. El lord nos ha pedido que no miréis al pueblo ni hagáis ningún gesto fuera del carro. El pueblo está algo conmocionado por los últimos acontecimientos.
    –Os agradezco la advertencia, me quedaré aquí, sin molestar –el guardia asintió, sin captar el tono insolente de la muchacha. Acto seguido, cerró la tupida cortina que tenía la ventana.
    
    La primera impresión fue agridulce.
    Nada más llegar, la lluvia comenzó como si quisiera darle la bienvenida, lo cual hizo que Ellierne se mojara un poco. Por suerte, los hombres de aquel castillo estaban preparados para que eso sucediera, y cubrieron a la lady con una tela algo gruesa que impedía que las gotas la tocasen. Ella agradeció el gesto y avanzaron con premura por el pasillo hasta llegar al castillo de tonos azabache que estaba ante ella.
    El edificio era una obra que podía hacer temblar a un ejército. Un muro prácticamente infranqueable rodeaba aquel lugar al que pronto debía llamar hogar. El interior era frío y tenía cierta humedad, pero no parecía que fuera algo que le molestase a los hombres que estaban haciendo guardia allí. 
    Ellierne no pudo evitar percatarse de una cosa: el ambiente que rodeaba a todas las personas que había allí era lúgubre y siniestro. Nadie sonreía, nadie decía nada. Sólo asentían o hacían gesto de respeto y reverencias. Sus emociones se estaban fundiendo con las de aquellas gentes por momentos.
    Llegó a la sala del trono, donde ahí estaba él: lord Batwyn.
    Recordó cuando lo vio por primera vez: Su hijo aún era un lactante, y él parecía muy seguro de sí mismo. Sus facciones eran más duras que antaño, probablemente causado por la presión del poder. Ella sabía que él realmente no era el verdadero heredero de la casa, ya que era el segundo varón de su familia. Sin embargo, años atrás su hermano mayor murió a causa de una enfermedad, por lo que tuvo que adoptar el papel de lord una vez falleció su padre.
    Las ropas que vestían le resultaban a ella siniestras. Lucía un traje oscuro, de telas gruesas y de gran calidad. Los tonos de su traje combinaban con los de la sala, dándole un aire lóbrego a toda la situación.
    Él se levantó, y dio un par de pasos hacia ella. Ambos se sostuvieron la mirada, analizándose. Ellierne no ocultaba su descontento por la inminente boda, pero no tenía la misma actitud pendenciera que antes de entrar a la estancia. Debía recordar que estaba ante un hombre que había perdido a su familia, y que probablemente esta situación le agradaba tan poco como a ella. 
    Por otro lado, el hombre no mostraba la más mínima emoción. Ella recordaba que era una persona seria, pero no era esa seriedad siniestra o pedante que tenían otros. 
    Fue en esa mirada donde Ellierne pensó, por primera vez, que quizás él tampoco quisiera casarse. Quizás él le daría más libertad a causa de que no tenían en común ni la edad. Ciertas esperanzas afloraron de nuevo en su corazón, pero las contuvo. Era mejor no volver a soñar demasiado.
    –Mi señora, es un honor que estéis en la que va a ser vuestra futura casa –su voz era tan serena que tranquilizó las facciones de la joven.
    –Me encantaría deciros que es un placer estar aquí, mas me esperaba que vendría dentro de, al menos, cuatro años –tragó saliva al ver que entrecerraba los ojos, escrutándola. No debía tener la lengua tan afilada por el momento. Carraspeó–. Siento muchísimo lo que le ha pasado a su familia.
    Él apretó la mandíbula, y asintió, aceptando las condolencias de su prometida.
    –Tenéis vuestros aposentos preparados. En dos días será la boda, así que tenéis tiempo de aclimataros.
    Ellierne abrió la boca. ¿Dos días? ¡Eso era poco tiempo! Normalmente se tardaba unos meses en que se celebrara para que les diera tiempo a los invitados más lejanos a prepararse e ir al lugar donde se celebra el enlace. 
    –¿Cómo es eso posible? Es... ¡Es poquísimo tiempo, lord Batwyn!
    El lord alzó la mano, callándola con aquel gesto. Sus ojos parecían tener un muro infranqueable que te impedía saber si estaba enfadado, molesto, dolido, o indiferente.
    –No sé qué os habrá comunicado vuestro padre, pero las cosas son así. Me ha dado un adelanto económico a cambio de que seáis Lady junto a mí en un plazo de cinco días. Habéis tardado tres en venir aquí, así que no nos queda más remedio que obedecer.
    La joven quería replicar, quería gritarle y decirle que si ninguno quería casarse, que podían no hacerlo. Quería dejar ver que había mil opciones, pero no sabía cómo se lo iba a tomar él, ni tampoco tenía las fuerzas suficientes para empezar una disputa. El viaje fue agotador física y emocionalmente para ella.
    –Podéis llamarme lord Travis en vez de lord Batwyn. A partir de ahora es mejor tener confianza entre nosotros. El vestido lo confeccionarán unas mujeres que viven en el lado oeste del castillo. Podrás supervisarlo.
    –Mi señor, si se me permite el atrevi...
    –No se os permite si tiene relación con la cancelación o postergación del enlace –cortó él, como si la viera venir–. Contraeremos matrimonio y cumpliremos nuestro deber, mi señora. Vuestro padre me advirtió de vos y de que érais demasiado... soñadora. Aquí podréis sentiros libre, siempre y cuando estéis en el castillo. No os preocupéis, sé que seréis capaz de aprender a apreciar el castillo y de cumplir con vuestro deber.
    El señor de aquellas tierras tomó la mano de ella y la besó. Por su parte, Ellierne tenía los ojos abiertos, como platos. Siempre intentó ser una mujer ejemplar, que todos pensasen que ella quería ser libertad, y a la vez, ser una buena esposa. Pero si su padre advirtió a su prometido de su carácter, es que quizás era peor mentirosa de lo que se imaginaba. 
    Una vez se marchó lord Batwyn, uno de los sirvientes se acercó a ella, esforzándose por sonreír. 
    –Mi señora, si me lo permitís, os llevaré a sus aposentos.
    –Haced lo que debáis hacer –susurró ella, más para sí misma que para el sirviente.
    El corazón le iba a mil por hora. Debía pensar un plan elaborado para poder ser libre, o al menos, tener el control de lo que la rodeaba. Había muchas cosas que aún no conocía, ni cuáles eran los verdaderos límites de su futuro marido, pero una cosa tenía clara: A pesar de que se decía a sí misma que todos tenían razón, que nunca lo conseguiría, una parte tan pequeña como fuerte de su ser le gritaba un mensaje conciso y claro.
    No te rindas.

miércoles, 13 de junio de 2018

Los libros de Dyana: #1 - Calaveras y tormentas

Los libros de Dyana es una sección de relatos que lee Dyana, un personaje que aparecerá en #ProyectoNayrun, la saga que estamos preparando Dan y Vic. La ambientación de las historias es en el mundo de Nayrún, un lugar donde la diferencia entre magia y brujería es clara, y donde el gobierno tiene una jerarquía medieval.

    Dyana paseaba por la biblioteca una vez más. Le aliviaba saber que en su casa podía coger el libro que quisiese y poder estar tranquila con él. ¿Qué sería de ella sin sus maravillosos libros, sin las historias que tenía que contar? Probablemente, estaría triste a todas horas, o medio hueca. O a saber.
     Posó sus ojos en un libro en concreto.
     –Calaveras y tormentas –murmuró, interesada. Recordaba perfectamente que llegó ese libro hace dos días. Al parecer, en algunos lugares de la zona de Nothawin estaba prohibido porque el personaje femenino era, digamos, demasiado pretenciosa.
     Menos mal que su padre no sabía leer, y que realmente quien custodiaba esos libros era ella. Si su padre supiera que su querida hija ha permitido que entren libros de dudoso prestigio en el castillo, como poco, la mandaría a azotar.
     Se encogió de hombros, resuelta. Ni siquiera esperó a buscar un lugar cómodo para ponerse a leer. En cuanto el libro estuvo en sus manos, lo abrió, y lo comenzó a devorar.



Prólogo

    A cada paso que daba por el pasillo del castillo, más escuchaba los latidos de su propio corazón.
    Le había dejado bastante claro a su padre que no iba a aceptar un matrimonio de conveniencia hasta que no fueran tiempos de guerra. Estaba cansada de oír de otras doncellas lo mal que olían sus maridos, de lo viejos que eran, o de las constantes ofensas que recibían por parte de sus esposos, que se pavoneaban sin ningún pudor mostrando sus jóvenes y bellas mujeres.
    No. Ellierne de Volkram no quería ser una noble más. Tenía sus planes: en su vigésimo cumpleaños, tendría ahorrado el suficiente dinero vendiendo los objetos que le regalaban por sus celebraciones pasadas, y entonces huiría rauda con Shamy, su yegua .
    Sería libre.
    Estaba cansada de cómo iban las cosas en el mundo. La pasividad de las personas que conocía, ya sea porque su estatus social le permitía vivir bien, o que las cosas malas como los derechos y libertades les parecían "cosas sacrificables por una montaña de oro", la ponía de los nervios.
    Lo peor para ella es que no podía hablar. Siempre sonreía y asentía ante frases como "cuando me case voy a tener muchos hijos preciosos y voy a peinarlos a todos", o "lo mejor de ser mujer es no tener que hacer nada y poder controlar todo lo que hay". Eran frases que, para empezar, sabía que eran mentiras que se habían creído porque era mejor que pensaran que, si se casaban, iban a ser felices, que saber la realidad.
    La realidad era muy sencilla: cállate, que no haces nada. Ábrete de piernas, que sólo haces eso. Cállate de nuevo, que cada vez que hablas me duele la cabeza.
    Era cierto que no todos eran así. Algunos nobles trataban muy bien a sus mujeres, pero ella no quería a un noble que la cuidara como al jarrón más preciado de la sala. Ella, de hecho, no quería ni siquiera un enlace. Su única obsesión era aprender a ser independiente, y volar. Volar muy lejos
    Su padre estaba ya convencido de que Ellierne no iba a desposarse hasta los veinte años, y se iba a casar con el hijo de Lord Batwyn, que tendría en ese momento ocho años.
     Aún quedaban cuatro veranos para que ella tuviera que contraer matrimonio. Cuatro gloriosos años que le iban a conceder tiempo para entrenarse físicamente a escondidas y valerse por sí misma. Sea lo que sea que hubiera pasado, tenía que disuadir a su padre.
     Los guardias que había en la puerta del despacho de Lord Volkram se inclinaron al verla. Uno de ellos
     –Mi señora, su padre os espera –el de la izquierda le abrió la puerta.
     Ella pasó, algo temblorosa. Cierto era que en su mente parecía muy valiente, sobre todo a la hora de pensar planes de huida, pero realmente no era una rebelde.
     Lord Volkram miraba un pequeño pergamino con cara de preocupación. Alzó sólo la mirada para contemplar a Ellierne unos segundos.
     –Sentaos, querida.
     –No pienso casarme –se le escapó decir a ella.
    Su padre resopló. Por suerte para ella, no era uno de esos padres que desoían a sus hijas, o que la obligaban a hacer cosas que no quería. Pero había cosas que no toleraba, y era la insubordinación, aunque fuera un gesto muy pequeño, como su mera actitud.
     –Relajaos, hija. Las cosas han cambiado ahora.
     –¡Pero si he hecho todo lo que me habéis pedido! Sé ser una buena esposa, sé...
     –Las buenas esposas escuchan al Lord, tesoro –a pesar del apelativo cariñoso, su voz sonaba amenazadora, lo cual hizo que enmudeciera de inmediato–. Y quiero que me escuchéis bien: La familia de Lord Batwyn ha sido atacada.
     Ellierne abrió los ojos de par en par. Hacía ya varios años que no se oía ningún tipo de ataque hacia los nobles. El pueblo estaba bastante contento, y los caballeros eran tan fuertes que los bandidos no se acercaban. La noticia le cayó como un jarro de agua fría.
     –Lady Batwyn y sus hijos han muerto –prosiguió su padre, por su gesto, parecía que la noticia también le había afecta, y no era de extrañar. Esa familia había estado hace unos meses en el castillo, y se quedaron una semana entera–. Tendréis que casaros con él para que yo pueda proporcionarle la ayuda necesaria. Él está ahora mismo sólo –cambió el tono a otro más compasivo–. Sé que no queríais casaros tan pronto, pero no os queda más remedio. Es vuestro deber.
     –Pero...–titubeó– yo...
     Su padre se acercó a abrazarla, pero ella se echó para atrás. Cruzaron una mirada, y no hizo falta nada más.
     Era su deber.
     La joven salió del despacho, sin siquiera despedirse. Sólo escuchaba sus latidos y sus pasos, que la alejaban, poco a poco, de la ilusión de alzar el vuelo lejos de allí. 
   
   
~

   
     

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